«La cooperación no puede entenderse como caridad, es imprescindible para crear sociedades más justas y seguras»

Nerea Marín, delegada de Solidaridad y Cooperación al Desarrollo en la DPZ

Cada 8 de septiembre celebramos el Día de las Personas Cooperantes. Una fecha para reconocer a quienes dedican su vida, su conocimiento y su compromiso a mejorar las condiciones de vida de otras personas, muchas veces a miles de kilómetros de sus hogares. Pero también debe servirnos para recordar algo que con demasiada frecuencia olvidamos: vivimos en un mundo profundamente interconectado y somos seres interdependientes.

Las crisis climáticas, las guerras, las desigualdades, las epidemias, el hambre o los desplazamientos forzados no entienden de fronteras. Lo comprobamos durante la pandemia y lo seguimos viendo cada día. Por eso la cooperación internacional no puede entenderse como caridad ni como una política secundaria que se mantiene cuando sobra dinero y se recorta cuando llegan dificultades. Es una política pública imprescindible para construir sociedades más justas, seguras y democráticas.

Y para hacer cooperación hacen falta recursos. Las declaraciones de buenas intenciones sirven de poco si no van acompañadas de presupuestos suficientes, estables y sostenidos en el tiempo. Nosotras mantenemos ese compromiso, colaborando con organizaciones que conocen el terreno y desarrollan proyectos capaces de transformar vidas. Debemos defender y reforzar estos fondos y reconocer el enorme trabajo que realizan las asociaciones, organizaciones no gubernamentales y, sobre todo, las personas cooperantes.

Frente a este compromiso, resulta especialmente preocupante comprobar cómo los gobiernos de las derechas, y particularmente aquellos en los que el Partido Popular asume los planteamientos de Vox, convierten la cooperación en objetivo de sus recortes y cuestionan las políticas de solidaridad internacional, incluso en sus colaboraciones históricas con la academia. No es solo una decisión presupuestaria. Detrás hay una determinada manera de mirar el mundo: levantar muros frente a problemas que únicamente podemos resolver cooperando.

Lo estamos viendo también ante situaciones como la que vive Ceuta. En lugar de abordar una realidad compleja desde la responsabilidad institucional, la solidaridad entre territorios y la búsqueda de soluciones, las derechas están utilizando la migración para alimentar el miedo y la confrontación. Se habla de personas migrantes, y especialmente de menores, como si fueran una amenaza y no seres humanos con derechos. Esa mirada racista no resuelve ningún problema: únicamente alimenta los discursos de odio y dificulta todavía más cualquier solución.

La cooperación representa exactamente lo contrario. Significa entender que nuestra responsabilidad no termina en la frontera de nuestro municipio, nuestra provincia o nuestro país. Significa comprender que las decisiones que tomamos aquí tienen consecuencias en otros lugares y que lo que sucede a miles de kilómetros también acaba afectándonos.

Por eso, este 8 de septiembre quiero agradecer especialmente el trabajo de las asociaciones y de todas las personas cooperantes que convierten la solidaridad en una tarea cotidiana. Su compromiso nos recuerda que hay otra manera de relacionarnos entre pueblos y entre personas, basada en la dignidad, los derechos humanos y la justicia.

Defender la cooperación es defender recursos, presupuestos y políticas públicas. Pero es también defender una idea sencilla y profundamente política: nos necesitamos unas a otras. En un mundo interdependiente, cuidarnos significa también cooperar. Porque ningún muro puede protegernos de los grandes desafíos de nuestro tiempo y porque, efectivamente, nadie estará a salvo hasta que todas estemos a salvo

Artículo publicado en El Periódico de Aragón el 8 de Septiembre de 2026